
-No, otra vez no.
-¿Y entonces còmo haremos cuando tu abuela se atore en la entrada de la casa con el enorme arriate de magnoliaS?
Desilusionada un dìa, y tambièm melodramàtica pensè que jamàs verìa al leòn, y que en ese caso mi tìa Marìa tenìa razòn y no era parte de la familia, que no habìa heredado ese don màgico de ver a los muertos como predijo la bruja de cabecera cuando nacì.
Gran faena se armò entonces cuando mi madre con làgrimas en los ojos, màs de pena que de alegrìa se enterò que su primogènita iba a ser igual de rara que la madre de su esposo. Y màs roja de disgusto que de calor, su madre corroborò que su hija habìa caido en una mala familia, presa de la avaricia de su esposo quien le enjaretò a su amada Violeta a los Garduño que si bien no tronaban los dedos, si eran comparables con los locos Addams.
Otro dìa y ahi estaba yo, pasados 23 años, con la podadora a un lado y contemplando el jardìn, o mejor dicho el muro de pasto enorme. ¿Y què hacìa ahi? pues esperaba al leòn, al que me darìa mi salida de aquel mundo tan incierto en el que me hallaba inmersa, es decir, de la casa de mis abuelos. Donde la cena se servìa a las 7 y a las 9 el silencio reinaba a excepciòn del reloj. Ùnico confidente de mis desvarìos y conjuros. Ya sè que hacìa trampa, pero què podìa hacer si el leòn rojo no se aparecìa. ¿Y cuando se presentara, què se supone que dirìa? ¡Por què era tan importante el leòn!
Asi que una noche salì decidida a acabar con el lìo del leòn, y me postrè en el centro del ahora laberinto de pasto y magnolias, con los ojos entrecerrados tratando de vislumbrar la sombra de un leòn gigante.
Pasados unos instantes escuchè unas pisadas suaves que estremecieron mi ser, hacièndome saber que aquella idea no habìa sido del toda buena, pensè en correr hacìa la casa y darme por vencida presa del miedo. Pero permanecì allì aguzando el oìdo lista para captar cualquier rugido. Cuando apareciò frente a mì un hombre con cabeza de leòn, con las manos en los bolsillos y si hubiera tenido boca humana seguro aquella mueca hubiese sido una sonrisa. Petrificada como dios dicen que vio a abel cuando caìn se le abalanzò, me quedè mirando al leòn.
-¿Y bien?- preguntò en rugido seco.
-Yo... ¿Bien què?- logrè articular
-¿Para que me necesitas?
No comprendì la pregunta. Recapacitè, fruncì el ceño y volvì a mirarlo como queriendo que me diera una pista. El leòn se sentò en una posciciòn bastante incomoda para un humano, pero a pesar de ello parecìa satisfecho y dispuesto a no cambiar de diseño corporal. Y como no hablaba me enfurruñè como lo hacìa el abuelo y le reclamè con tono seco:
-¿Por què no habìas aparecido? Lllevo 3 meses aquì, tengo incluso trozos de cabellera quemada, ¿tienes idea de cuàn difìcil es esperarte bajo el sol?
El leòn se estirò con cansancio y dijo lo siguiente en mitad ronroneo y mitad gruñido:
-Esperar no significa que aprecerà y que aparezca no significa que no debes esperar por ello.
Y entonces sacò sus garras, las retrajo con pereza y desapareciò por entre las magnolias.
Cuando pude salir del laberinto de maleza vislumbre a mi abuela sentada en la entrada con el camisòn aùn puesto. Sonreìa.
-Tienes que podar el cèsped querida.
Y el acertijo del leòn y de los que lo ven, supe, es que no hay tal. Asi que al siguiente dìa podè el cèsped y dejè al leòn sin casa. Quizàs en algùn momento deje crecer las magnolias, por aquello de la culpa de que el leòn se està muriendo de hambre.






