martes 3 de noviembre de 2009
posted by Scarlett Sholén at 19:33

Quiensabe, quièn va a saber cuànto tiempo tardò mi abuela en decifrar el acertijo del leòn. Yo tarde 3 meses. Todos los dìas salìa con mi podadora al jardìn y me instalaba en la banquita de madera roja a pensar quièn era el leòn, de dònde venìa, que comìa y cosas por el estilo. Lo cierto es que despuès de 3 horas de meditar bajo el arduo sol mi cerebro se hallaba cubierto por una nebulosa roja de sentimientos absurdos. Y era entonces, cuando tomaba la podadora y entraba a la casa.
-Otra vez no has podado el cèsped- decìa mi abuelo.
-No, otra vez no.
-¿Y entonces còmo haremos cuando tu abuela se atore en la entrada de la casa con el enorme arriate de magnoliaS?
Y entonces enfurruñado, como siempre, mi abuelo encendia su pipa y se iba a la cobacha donde pintaba soldados de guerra azules. Pero estoy segura que no podìa pintarles la cara si quiera porque del coraje le temblaban las manos.

Desilusionada un dìa, y tambièm melodramàtica pensè que jamàs verìa al leòn, y que en ese caso mi tìa Marìa tenìa razòn y no era parte de la familia, que no habìa heredado ese don màgico de ver a los muertos como predijo la bruja de cabecera cuando nacì.

Gran faena se armò entonces cuando mi madre con làgrimas en los ojos, màs de pena que de alegrìa se enterò que su primogènita iba a ser igual de rara que la madre de su esposo. Y màs roja de disgusto que de calor, su madre corroborò que su hija habìa caido en una mala familia, presa de la avaricia de su esposo quien le enjaretò a su amada Violeta a los Garduño que si bien no tronaban los dedos, si eran comparables con los locos Addams.

Otro dìa y ahi estaba yo, pasados 23 años, con la podadora a un lado y contemplando el jardìn, o mejor dicho el muro de pasto enorme. ¿Y què hacìa ahi? pues esperaba al leòn, al que me darìa mi salida de aquel mundo tan incierto en el que me hallaba inmersa, es decir, de la casa de mis abuelos. Donde la cena se servìa a las 7 y a las 9 el silencio reinaba a excepciòn del reloj. Ùnico confidente de mis desvarìos y conjuros. Ya sè que hacìa trampa, pero què podìa hacer si el leòn rojo no se aparecìa. ¿Y cuando se presentara, què se supone que dirìa? ¡Por què era tan importante el leòn!

Asi que una noche salì decidida a acabar con el lìo del leòn, y me postrè en el centro del ahora laberinto de pasto y magnolias, con los ojos entrecerrados tratando de vislumbrar la sombra de un leòn gigante.
Pasados unos instantes escuchè unas pisadas suaves que estremecieron mi ser, hacièndome saber que aquella idea no habìa sido del toda buena, pensè en correr hacìa la casa y darme por vencida presa del miedo. Pero permanecì allì aguzando el oìdo lista para captar cualquier rugido. Cuando apareciò frente a mì un hombre con cabeza de leòn, con las manos en los bolsillos y si hubiera tenido boca humana seguro aquella mueca hubiese sido una sonrisa. Petrificada como dios dicen que vio a abel cuando caìn se le abalanzò, me quedè mirando al leòn.

-¿Y bien?- preguntò en rugido seco.
-Yo... ¿Bien què?- logrè articular
-¿Para que me necesitas?

No comprendì la pregunta. Recapacitè, fruncì el ceño y volvì a mirarlo como queriendo que me diera una pista. El leòn se sentò en una posciciòn bastante incomoda para un humano, pero a pesar de ello parecìa satisfecho y dispuesto a no cambiar de diseño corporal. Y como no hablaba me enfurruñè como lo hacìa el abuelo y le reclamè con tono seco:

-¿Por què no habìas aparecido? Lllevo 3 meses aquì, tengo incluso trozos de cabellera quemada, ¿tienes idea de cuàn difìcil es esperarte bajo el sol?

El leòn se estirò con cansancio y dijo lo siguiente en mitad ronroneo y mitad gruñido:

-Esperar no significa que aprecerà y que aparezca no significa que no debes esperar por ello.

Y entonces sacò sus garras, las retrajo con pereza y desapareciò por entre las magnolias.
Cuando pude salir del laberinto de maleza vislumbre a mi abuela sentada en la entrada con el camisòn aùn puesto. Sonreìa.

-Tienes que podar el cèsped querida.

Y el acertijo del leòn y de los que lo ven, supe, es que no hay tal. Asi que al siguiente dìa podè el cèsped y dejè al leòn sin casa. Quizàs en algùn momento deje crecer las magnolias, por aquello de la culpa de que el leòn se està muriendo de hambre.
 
viernes 10 de abril de 2009
posted by Scarlett Sholén at 10:39


"En resumidas cuentas, nada me tranquiliza más en este mundo que tenerle este miedo a mi engendro y esperar que una noche me coma vivo. Todo es cuestión de hacerle una buena dentadura"


Sí, uno regresa a las bestias; para combatirlas, dominarlas, hacer que den piruetas y atraviesen un aro de fuego. Pero la verdad es que uno regresa a las bestias para que lo domen.

Quizás por el placer masoquista de recibir los 39 azotes, quizás por distracción, todo menos por voluntad propia. Uno clama por su libertad, vocifera a las cadenas y cuando se es libre se busca jaula para pasar el tiempo. Y acabas frente a la MacBook sonriéndole al aro de fuego.

Pero nadie hablo de un ente, nadie dijo que una cosa peluda se deshilaría al pie de mi escalera. Sí señor, sí señora: soy completamente culpable de la inocencia que me adjudico.

Se convulsiona el pobrecito, ya sólo le quedan unos cuantos hilos en lo que solía ser una maraña multicolor denominada “ente”. Me siento complacida a observarlo “vivir” porque, si es estaba muerto desde que existió lo lógico sería que “viva” al terminar, ¿cierto? Entonces supongamos que vivía cuando recordé lo que dijo al batirse.

-Es muy simple: me bato porque…

Me visualicé como la damisela afligida que ve perecer a su amado con la respuesta prometida en su boca… Y llora y maldice. Así que fui a la cocina y dí un jalón al cable de la batidora; en el instante escuché un respiro de alivio del ente.

-Ya era hora, ¿de verdad ibas a dejar que me deshilara por completo?
-Sí, dijiste que los entes se baten, ¿no?
-Lo dije. Pero no dije que me gustara deshilarme
-¿Entonces, para qué carajos, tomas una batidora?

En ente suspiró cansinamente, como si estuviese frente a una niña que no entiende que la plastilina no se come, y se lo tiene que repetir una vez más con la esperanza de que capte el mensaje.

-Tú te rascas, pero no te arrancas la piel.

Y me sentí como la niña con plastilina en las manos. Mientras, el ente se aspiraba el estambre y se reconstruía en silencio, comprendiendo quizás que no había entendido que la plastilina no se come, y dándose tiempo quizás de retomar fuerzas para volver a batirse.

- Tenía comezón.

Entendí: la plastilina no se come simplemente porque no esta diseñada para ingerirse sino para moldear adefesios artísticos a los 5 años.

Tomó forma de nuevo y se fue rodando escaleras arriba -dije que había tomado forma, no dije que la misma forma de monstruo- cantando guturalmente. Y me quedé en la entrada de la cocina pensando, cable en mano, que había desperdiciado mi oportunidad de acabar con el ente.

Abatida, volví a la Mac, como quien regresa a los brazos de su madre después de dar tremendo tropezón. El ente estaba rodando alrededor mío, muy contento el desgraciado, de estar muerto. De pronto recordé mi clase de filosofía con mágico resplandor de salvación ante inminente bodrio de estambre.

Entelequia: Cosa real que lleva en sí el principio de su acción y que tiende por sí misma a su fin propio.
Eso pienso mientras salgo al balcón, computadora en mano a sentarme muy enfrazada como si tuviera más años que los ostentados, a recibir la mañana. No por mi gusto ni mi amor a los 8° que calan, sino porque escucho el tic tac de una bomba que canturrea en círculos en la habitación contigua.
Cuenta regresiva con sonrisa amplia en rostro.
5...4...3...2...1...

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martes 26 de agosto de 2008
posted by Scarlett Sholén at 00:58

¿Por qué me preguntas si está vivo? Yo no sé nada de Entes. Es más; los entes se llaman así porque desde un principio estaban muertos, ¿no? Entonces no hay porqué alarmarse, ya revivirá o volverá a su estado de resurrección o de muerto…

Déjame te cuento cómo pasó todo. No quiero que se me tome como autora intelectual del suceso:

3 Am. Lunes. El ente encendió el foquito rojo y comenzó a restregarse la batidora por el cuerpo peludo, del cual se desprendieron un montón de hilos de estambre. Al poco rato el pie de la escalera estaba cubierto por una alfombra multicolor.

-No sabía que los entes se batieran, ¿para qué lo hacen?
-Es muy simple: me bato porque…

Una chispa escapó de un costado de la cinta de aislar que hacía un arreglo rápido al cable de la batidora. Todo pasó muy rápido, pero no tanto como para no ver con claridad mi inocencia.
Hubo una segunda chispa, la cual que se propagó por el brazo del ente hasta llegar al último de los hilos sueltos. Luego vino un gran estruendo y un sonido sordo: La batidora dio un giro en el aire antes de caer a un lado del ahora inconsciente chamuscado.

Después de unos segundos me abalancé sobre el pecho del ente; temerosa de que estuviera muerto y más aterrorizada de que hubiese sido mi culpa ¿se imaginan? Si cargar en la conciencia con un muerto es pesado, cargar con un ente seguramente sería peor.

¿Qué haría con todo el estambre? ¿A dónde llevaría el cuerpo? ¿Descuartizado, molido o en bolsas de basura? ¿Al mar, al canal o al traspatio? No, mejor bajo la casa. ¿Y si me delataba mi corazón? Alejarse del cuerpo, no dejar huellas… Qué olor tan desagradable.

Así pasó todo, ¿Verdad que no fue mi culpa que el ente se hubiera electrocutado? Yo qué iba a saber que un ente se batiría con el artefacto más defectuoso de la cocina. Además cualquiera arregla las cosas a medias cuando lleva prisa, cuando tiene que comprarle el café al jefe, cuando tiene tantos metros de sueño en la cabeza. Yo qué iba a saber… Si mi culpa no fue ¿apoco yo le dije “ve y bátete el cuerpo”?

Ya son las 4 am. Lunes. Mejor me voy a dormir, es posible que al dia siguiente ya no haya rastros del estambre quemado.

…El ente se queja a mis espaldas, la batidora reinicia su movimiento giratorio: mi pesadilla parece no terminar.

 
domingo 20 de julio de 2008
posted by Scarlett Sholén at 22:28

Cuando miras por tanto tiempo una pantalla, ésta te transmite, inevitablemente, irrevocablemente, su frialdad.
Una frialdad que se pretendía evadir con la sucia mentira de recatarse.

No fue así; las personas siempre tienen secretos; algunos bajo la almohada, en el clóset, debajo de la cama, en un baúl, en una caja de galletas, en una caja musical. Mi secreto era exhibicionista: jamás lo pude guardar. Porque, no sé si no quería o si era torpe, y en vez de guardarse acababa por delatarse el pobrecito. El hecho es que, todos conocían mi secreto y por eso yo viviría marcada toda mi vida.

Cuando tenía diez años me di cuenta que jamás, en ese lugar, tendría la fama de Fabiola la chica bonita del escuela. Así que tomé “optativas” las vías por las que tenemos que caminar por lo menos una vez en nuestras vidas, por una ambición no realizada… O quizás por un sueño. Y cuando estaba en la primera vuelta de la suculenta segunda opción, descubrí también, de una manera irrevocable, la escritura.

Recuerdo las horas de regocijo en un salón de clases vacío, las miradas de asco de los alumnos, los cuchicheos en el baño, el ser el bicho raro estratega y líder de un batallón de letras con patas. El recordar todos esos momentos de una infancia que no fue trágica ni distinta a la de otros niños; y sin embargo, por el simple hecho de haber sido un teatro rodante, me llena de un placer oscuro: lleno de escalofríos y venganzas, de listas negras y de conjuros a la hora del recreo. Porque, ¿sabes? a un niño se le está permitido de todo, de todo, excepto de una cosa: de poseer sentimientos complejos: como el odio o el amor. O quizás, tú, los conozcas por “cosas de adultos”

Entonces, mi secreto se exhibió por primera vez frente a la bitácora de un boletero del tren. Haz de saber que pocas veces yo viajaba sola en el tren porque mi madre cada sábado, estaba de pie con su abrigo de piel y sus guantes beige, a la salida del colegio donde estaba interna.
Y esta, aquella, es, era, una de estas, esas, veces.
Lo demás es pura paja que no me da la gana contarte ¿Me juzgas por eso? ¿Argumentas que mi secreto es exhibicionista y por eso debería contarte toda esa paja? ¿Y tú, cómo carajos sabes, cuál es mi secreto si aún, no te es develado?

Uno de niño siempre quiere ser grande, y sólo muy pocos cuando crecen, quieren no volver a ser niños. Dicen que extrañan los carritos y las muñecas, que no es lo mismo chocar un hotwheels a tu fiat; que no es lo mismo jugar a que Barbie tiene hijos a que tengas gemelos.
Que no es lo mismo ver tu zapato azul ahora que como lo veías tiempo atrás.

En aquellas tardes milenarias donde establecía el combate con el zapato azul que mi madre conservaba en una vitrina (con una explicación que jamás era la misma), sonriéndole sarcásticamente, o con temor, o con rencor, o simplemente por el placer de que el zapato era un yo que mi madre había encapsulado y eso, es saberse multiplicado: creo que es muy seductora la idea de multiplicarse cuantas veces, inevitable o irrevocablemente, sea posible, en esta corta vida.

Pero el secreto era un cascabel que siempre llevaría en el cuello y que me delataría a dondequiera que estuviera como lo hacen con los gatos que se pierden muy a menudo.
He ahí el hecho de que aquella mañana prevalecía en mí, el firme propósito de recatar (o recortar) el exhibicionismo del secreto.

Pero todo salió mal: se desnudó de su mojigatería.
Una mac encendida: el cascabel tintineó.

Pero esta vez no sacié la voracidad de contarlo todo con una tiranía terrible. Esta vez me detuve un poco y pensé en mamá y en el zapato azul, y en el retrato de la sala, y en mi traje de bautizo y en mis diplomas y en todos aquellos yos que vivían su vida paralela y morían en muchos momentos su muerte de discontinuidad, de falsedad, de piratería… Porque a pesar de ser un “yo” no se trataban de mí en particular, sino exclusivamente de la idea llana y simple de lo que representaba para mis padres, mis abuelos y toda esa gente que los albergaba.
[Continuara...]

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miércoles 16 de julio de 2008
posted by Scarlett Sholén at 22:51

Hay árboles sin hojas, con ramas torcidas de las caen copos de nieve. Una pequeña banca que tiene un corazón atravesado por una flecha con las iniciales MAC. Hay dos pájaros que tienen libros en lugar de pico y unos ojos de botones verdes. Hay un suéter que se está deshilachando en un río de helado de fresa.

Despierto.

Me quedo mirando el techo, respirando como si aún estuviera durmiendo. Con el brazo saludando a la ventana y con la cara embarrada en la colcha: escuchando. Hay un ruido… ¿Abejas? No, es mi oído que comienza a zumbar. No quiero levantarme porque el ente podría escucharme… ¿Dónde carajos esta el ente?

La curiosidad mató al gato, ya todos lo sabemos, en especial yo que no soy uno; sin embargo, me levanto.

¡Diablos! Qué difícil es incorporarse después de una catatonia.
Me tiro en la cama; calambres.
Es una batidora.
El ruido: es una batidora
¿El ente sabe batir? ¿Para qué querría batir un ente? ¿El ente sigue vivo?

Maldita sean las batidoras, malditos sean las páginas de circos, malditos sean los fabricantes de entes… Porque, debe de haber un fabricante, ¿no?
Alguien bajito malencarado que sea japonés – los orientales hacen unos peluches gigantes parecidos a mi ente. Sin contarte que son los masters de las pesadillas- y que tenga una bodega enorme. Cerca de un puerto.

-Rabadi chi le dire…

Los entes cantan cuando están felices. Las batidoras les ayudan cuando no tienen nada más que hacer. Los humanos como yo, nos escondemos detrás de una puerta cuando pasa eso; en tu cocina, a las 3 de la mañana, en un lunes.

-¡¡Estoy aburrido!! No te gustará saber lo que pasa cuando me enfurezco…

¿Alguna vez te ha amenazado un ente peludo? Pues ahí te va una idea: su voz cambia a un tono grave, la temperatura comienza a descender, las luces fallan, las cosas de porcelana tiemblan. Y de las paredes comienzan a escurrir unos fideos azules gigantes. Te suena a ficción ahora, ¿verdad? Ahí te va otra cosa: no tiene porque no serlo. Los entes no son reales… Al menos no para todos ¿Recuerdas lo de contraerlos?

Con todo mi temor bajé las escaleras con las esposas en alto. Sosteniéndolas como si fueran el arma letal de un samurai. El ente salió de la cocina con la batidora en alto.
Seamos realistas: no era un duelo justo.

-¿Por qué no regresas a tu página?
-¿Cuál página?
-De la que saliste
-Yo no salí de ninguna página…. Mira: hooola- un nuevo pelo- ¿cómo estás?
-¿Y la batidora?
-Esa salió de tu gaveta
-¡No! ¿Qué para qué la traes?
-Para batirme
¿Los entes se baten? Quizá escuché mal...
-¿Qué?

Y prendió el foquito rojo y se pasó la batidora por todo el cuerpo al pie de la escalera. De su peludo contorno salieron unas tiras de estambre… Seguía sin entender… ¿Aun estaría dormida con la con el brazo saludando a la ventana y con la cara embarrada en la colcha?
[Continuara...]

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